Una vez más y como uno de los poco espacios que le dan cabida, danza contemporánea en el Teatro Pradillo, danza de la que no se danza, que busca otros referentes, que parece que coja más de otros lados. Danza que coge una rana de porcelana de jardín, polvos que espolvorear… La danza ha tomado un nuevo rumbo y eso es algo que hay que aceptar.
Y como los que sois habituales del blog sois melómanos y cinéfilos pero os suele interesar menos lo escénico y os resulta muy ajena la danza, invitaos una vez más..
Por un lado, Janet (Novás) siempre resulta sugerente, con una sensualidad casi inherente, femenina, embaucadora; por otro, tiene una presencia y una expresión muy fuerte en escena, algo físico, muy masculino, despojado, sin margen ni espacio para la seducción, visceral, deformado.
En esa dualidad, sus trabajos –al menos los que conozco- siempre tienen algo de lenta digestión, de pasividad y violencia, de desgarro interior, una anti-narrativa con una lógica más cercana a la performance, que busca ‘ese algo incómodo’, la arcada, combinar momentos e imágenes con una peculiar belleza, algo íntimo..; con otros agresivos, violentos, o simplemente extraños. Momentos como la posición de una rana a punto de dar un salto, experiencia de momentos físicos, no cotidianos, como si fuera una especie de ‘via crucis’ inventado, de transición de secuencias y estados, algo que se regenera, que incluso a veces da cabida a un cierto humor. Una extraña mezcla de realidad y ficción, con elementos llevados al límite, y un todo conceptual, que hace serio algo que era estúpido y dignifica esas pequeñas cosas, sin llegar nunca a la evidencia ni al que nada tome importancia.
En este caso es un viaje a través de objetos. La rana deja de ser una estúpida rana de porcelana que la abuela podría tener en la repisa o en el jardín y se convierte en el elemento imitado, en la razón de respirar, de adaptar y adoptar un gesto, no como un acto estúpido sino como un comportamiento animal, sin más, sin motivo aparente, u otro más allá del propio impulso. En mi opinión se queda descontextualizado, suelto, el elemento del marco, que podría contener cualquier imagen que uno quiera, que responde al capricho y el estado anímico del que la rellena…
Al principio todo parece inconexo, una suerte de elementos iconográficos desparramados: muchos marcos, ella con un vestido rojo de fiesta se los coloca cruzados, como si fueran una cinta de Miss Universe, los coloca en la pared y va clavando, es una bonita imagen: un nuevo rol de mujer, que hace una acción de bricolaje sin que sea algo doméstico. Luego en algún momento -no recuerdo cuál ni por qué- Janet en alguna acción me recuerda a Rebecca Horn atravesando ese campo con ese sombrero cucurucho, una imagen casi iconográfica.
La pieza empieza a parecerme interesante cuando durante varios minutos en los que repite sistemáticamente una carcajada hasta que la deshace, la hace absurda, casi una burla, un sonido desagradable, y cómo luego sale de ella -de ese algo extremo, de afonía y falta de respiración- tomando otra referencia casi cómica por cómo la enlaza, por 'semejanza sonora': el kung fu, arte marcial con la que dejar k.o. a alguien pero esto es un solo, un ella con ella, no hay personajes que interpretar. En todo caso esta pieza/performance tiene una relación, un sentido muy estrechos con la sonoridad, con el elemento vocal, con la sorpresa, con buscar gestos que podrían corresponderse a con la memoria y el recuerdo... ese 'poso' que nos deja una canción, la posibilidad de recrearla, de tararearla aunque sea sin dar todas las notas, con lo borroso del recuerdo, rellenando de manera imperfecta los silencios. En ese sentido genial esa especie de catarsis, de climax dedicado con el “Cry baby” -si no recuerdo mal- de la gran Janis Joplin, a la que es siempre un placer recordar y que alguien homenajee, la mujer con la que se avergonzó de pasar una noche en el Chelsea Hotel el bueno de Leonard Cohen, el elegante y señorito eterno, tal vez demasiado salvaje, descomedida, impulsiva, viviendo cada momento, cada nota como si fuera lo último… Una fiera amansada, la mujer que parece que cuando canta abraza, con ese enorme chorro de voz, dual, masculinizada con sus gritos y sus susurros, sus bellezas y sus desgarros.
Tras ese momento eufórico en el que Janet se ‘janisjonipliniza’, sin que sea sólo durante la canción y el enorme vacío que luego deja, una nueva fase del extraño ‘via crucis’… Se espolvorea polvos dorados sobre toda la cara, tal vez para afeminarse de nuevo y 'desjanisjonplinizarse' pero por contraste y en excseo, como una Cleopatra, casi cegada por su propio truco de belleza, de ostentosidad, de efecto bajo la luz, que deja el resto al mismo nivel: el resto (su cuerpo, los marcos perfectamente colgados, la rana...), me recuerda a la replicante de la serpiente de “Blade runner”; Más tarde intenta quitárselos con sacudidas, nuevos registros de movimiento buscando cómo librarse de ellos, de la máscara, pero ya es tarde, ya no puede, están pegados con su propio sudor. “Cara pintada, el salto de rana y otras pequeñas historias”, aunque no lo pretenda, aunque sea o parezca relativamente sencilla, trae a la memoria referencias muy diversas, y una vez más deja en una especie de lecho en segundo plano a la danza, como elemento comodín, como el guisante que la princesa siente aunque tenga por medio otras cosas, un vínculo creado pero no alimentado, no más de la cuenta, no en exceso, para recrear ni para contentar… En todo caso Janet Novás corre el riesgo de crear ese pequeño mundo personal y de no dar todas las claves, todos los accesos para llegar a él, o de no ser para todos los públicos, lo cual parece una postura contemporánea, probablemente la única: ser consecuente a los elementos fetiches o no fetiches de uno mismo de acuerdo a sus circunstancias' (porque eso es, a día de hoy, crear), y porque los elementos de gusto común, incluso los 'lugares comunes' son ya muy pocos. A efecto prácticos, en todo caso al conjunto se le puede acusar de cierto peligro de interrumpir 'la casi agradable sensación que podemos tener, al ver una situación escénica que no cumple con convenciones' con momentos muertos entre una y otra escena, que convendría hilar. Pero me gustó, sobre todo horas más tarde, ese algo trasfronterizo.


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